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Chapter 10

Capítulo 10: El precio del poder

Un mes después, la tormenta mediática había comenzado a amainar. Alejandro De la Vega esperaba el juicio en prisión preventiva, mientras que el exmarido de Valeria y su suegra habían sido condenados a penas de cárcel por alzamiento de bienes y fraude. La paz parecía haber regresado al último piso de la torre corporativa.

Era medianoche. Las luces de Madrid se extendían como un mar de oro bajo el ventanal. Valeria sostenía a su hijo en brazos, arrullándolo mientras miraba el horizonte. Gabriel Reyes entró en el despacho en silencio, dejando una taza de té sobre la mesa.

—Todo está en orden, Valeria. Los mercados han reaccionado mejor que nunca. La valoración de la empresa ha subido un quince por ciento esta semana. Eres, oficialmente, la mujer más poderosa del sector financiero del país.

Valeria sonrió con cansancio, pero su mirada seguía fija en el cristal.

—¿Por qué no me siento aliviada, Gabriel?

—Porque sabe que Alejandro tenía razón en algo —respondió Gabriel con voz suave—. Él era un tiburón, pero solo se movía en el tanque que otros le habían construido.

El teléfono personal de Valeria, el mismo número privado que había permanecido en silencio desde la noche de su regreso, emitió un pitido suave. No era una llamada. Era un mensaje de texto de un número oculto.

Valeria dejó al bebé con cuidado en la cuna y se acercó a la mesa. Abrió el mensaje. Solo contenía una dirección de coordenadas geográficas en el norte de España, en una zona aislada de los campos de Castilla, y una sola frase:

"Tu padre no murió por el estrés, Valeria. Murió porque descubrió lo que hay enterrado bajo los terrenos de la vieja fábrica de Palencia. Alejandro era solo el conserje. Si quieres conocer a los dueños del edificio, ven sola este viernes. Trae el sobre negro."

Valeria sintió que el aire se congelaba en sus pulmones. Miró el sobre negro que aún descansaba sobre su escritorio, aquel que contenía la caligrafía original de su padre. Miró a su hijo y luego a Gabriel, quien la observaba con preocupación, notando el cambio radical en su rostro.

—¿Pasa algo, señora presidenta? —preguntó Gabriel, dando un paso adelante.

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Valeria guardó el teléfono en el bolsillo de su chaqueta, bloqueó la pantalla y miró de nuevo hacia la inmensidad de la noche madrileña. Una chispa de fría determinación, más intensa que cualquier otra que hubiera tenido antes, brilló en sus ojos.

—Gabriel... prepara el coche oficial para el viernes de madrugada —dijo con una voz que no admitía réplica—. Vamos a hacer un viaje al norte. Es hora de descubrir qué precio pagó realmente mi padre por nuestra libertad.

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