Chapter 6

Capítulo 6: El careo

Valeria no esperó a la junta de accionistas. Al día siguiente, convocó a Alejandro De la Vega a un almuerzo privado en el restaurante más exclusivo del centro de Madrid, un lugar donde los hombres de negocios destrozaban vidas entre copa y copa de vino.
Alejandro, un hombre de sesenta años con un traje a medida impecable y una sonrisa paternal, se sentó frente a ella.
—Valeria, mi niña. Qué alegría ver que has puesto en su sitio a ese desgraciado de tu exmarido —dijo Alejandro, mostrando una empatía fingida—. Tu padre estaría orgulloso de ver cómo has defendido el apellido.
Valeria le dedicó una sonrisa gélida antes de tomar un sorbo de agua.
—¿Ah, sí, Alejandro? ¿Crees que papá estaría orgulloso de ver cómo el dinero de nuestra filial de Ginebra financió el acoso y el derribo contra mí?
La sonrisa de Alejandro se congeló por una milésima de segundo, pero recuperó la compostura de inmediato.
—No sé de qué me estás hablando. Los negocios en Suiza son complejos...
—Déjate de rodeos, Alejandro —lo interrumpió ella, lanzando sobre la mesa una copia del informe forense—. Tu firma autorizó los fondos que rescataron a la familia de mi exmarido, con la condición de que ellos me apartaran de la presidencia y me incapacitaran legalmente con esa falsa depresión posparto. Querías el control total de la matriz sin mancharte las manos.
Alejandro cambió su expresión paternal por una mueca de absoluto desprecio. Se reclinó en la silla y la miró con ojos fríos.
—Eres igual de cabezota que tu padre, Valeria. Pero él sabía cuándo retirarse. Sí, yo firmé eso. ¿Y qué vas a hacer? Esos documentos demuestran un movimiento financiero dudoso, nada más. En la junta del lunes, los accionistas me apoyarán a mí. Una madre soltera, inestable y traumatizada por un divorcio no es lo que el mercado busca para liderar un imperio. Conserba tu fideicomiso y quédate en casa con tu hijo si no quieres acabar como tu padre.
Valeria sintió una punzada en el corazón.
—¿Qué le hiciste a mi padre, Alejandro?
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Alejandro se levantó, se abotonó la chaqueta y sonrió con malicia.
—El estrés de los negocios es muy traicionero para el corazón, Valeria. Nos vemos el lunes. Intenta no llorar ante los inversores.