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Chapter 8

Capítulo 8: La junta general

El lunes llegó con un cielo gris sobre Madrid. El salón de actos de la sede central estaba abarrotado de accionistas, analistas y periodistas. Alejandro De la Vega presidía la mesa principal con una suficiencia absoluta, saludando a los inversores con la seguridad de quien ya se siente ganador.

Valeria entró en la sala vistiendo un traje sastre de un blanco impecable. Su presencia hizo que los murmullos cesaran de inmediato. Caminó con paso firme hasta ocupar su lugar en el centro del escenario.

Alejandro tomó el micrófono.

—Señores accionistas, agradecemos la presencia de la señora Valeria. Todos conocemos los difíciles momentos personales que atraviesa, y por ello, este consejo propone una votación para delegar las funciones ejecutivas en mi persona, permitiendo que ella se enfoque en su recuperación y en su familia.

Un murmullo de aprobación recorrió la sala. Alejandro miró a Valeria con aire triunfal. Sin embargo, ella se levantó y se acercó al atril central, conectando su propia tableta al sistema de proyección de la sala.

—Antes de proceder a la votación —declaró la voz de Valeria, resonando con fuerza por los altavoces—, me gustaría que el consejo explicara a los presentes por qué se han desviado fondos de la filial de Ginebra para financiar una OPA hostil encubierta contra mí misma. Y más importante aún...

En las pantallas gigantes apareció el desglose técnico del Proyecto Fénix, junto con un documento legal sellado por el registro internacional de la propiedad intelectual.

—...quiero que el señor De la Vega explique por qué ha estado negociando en secreto la venta de esta tecnología con un consorcio del gobierno asiático, cuando dicha tecnología pertenece en exclusiva al fideicomiso familiar. Si ustedes me destituyen hoy, el derecho de uso de esta tecnología por parte de la empresa expira esta misma medianoche. Dejarán a la compañía sin su activo más valioso.

El caos se apoderó de la sala. Los rostros de los analistas principales se tornaron pálidos. Alejandro se levantó, golpeando la mesa.

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—¡Esto es una difamación! ¡Esos documentos son confidenciales!

—Son pruebas, Alejandro —sentenció Valeria, mirándolo desde la altura del atril—. Pruebas que ya están en manos de la Comisión Nacional del Mercado de Valores y de la Policía Nacional.

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