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Chapter 49

Capítulo 49: El susurro en el jardín

Esa misma tarde, Valeria decidió tomarse unas horas libres para pasear con su hijo por los jardines históricos del palacio que había comprado a las afueras de Madrid. El sol de la tarde teñía de oro las fuentes de mármol y los setos perfectamente recortados. El niño corría delante de ella, perseguido a una distancia prudencial por tres guardaespaldas armados.

De repente, una figura vestida con un abrigo clásico de color beige apareció al final del paseo de cipreses. Los guardaespaldas se tensaron de inmediato, llevando las manos a sus fundas, pero Valeria les hizo una señal para que se detuvieran.

La mujer se dio la vuelta lentamente. Tenía el cabello canoso, pero su mirada seguía destilando esa inteligencia felina que Valeria conocía demasiado bien. Era Victoria Vane, su madre. Se la veía más delgada, desprovista de las joyas de Wall Street, pero con una serenidad inquietante.

—Vaya, Valeria. Qué jardín tan hermoso has construido para el heredero —dijo Victoria, con una voz suave que el viento de Castilla dispersaba—. Veo que los periódicos te llaman la salvadora de Europa.

—¿Qué haces aquí, Victoria? —preguntó Valeria, interponiéndose entre su madre y su hijo—. Tienes prohibido el ingreso en el territorio nacional por la orden de busca de la Interpol. Un solo gesto mío y terminarás la noche en una celda en Alcalá Meco.

Victoria soltó una pequeña risa melancólica, mirando las copas de los árboles.

—No he venido a pedirte dinero ni a intentar robarte las acciones, hija mía. He venido a ver cuánto tiempo tardabas en darte cuenta de la verdad. Leonor murió en prisión la semana pasada. Un ataque al corazón, dicen los informes oficiales. Pero tú y yo sabemos que el estrés de perder el trono es muy traicionero para el corazón Vane.

Valeria sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento del invierno.

—¿Viniste solo para decirme eso?

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—Vine para entregarte esto —dijo Victoria, sacando del bolsillo un pequeño colgante de plata con un relicario que pertenecía a la abuela de Valeria. Lo dejó sobre el banco de piedra que separaba a ambas mujeres—. Leonor me lo dio antes de morir. Dentro está la clave de la caja de seguridad de un banco de la Ciudad del Vaticano. Tu padre no fue el único que guardó secretos, Valeria. El Consorcio Alfa no nació en los años setenta por la codicia de unos banqueros. Nació para financiar una orden operativa que controla las patentes de energía desde la Revolución Industrial. Tú crees que has ganado porque controlas la tecnología del siglo XXI, pero los verdaderos dueños del sótano acaban de activar la fase tres.

Victoria se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida del jardín, perdiéndose entre la niebla del atardecer antes de que los guardias pudieran reaccionar.

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