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Chapter 34

Capítulo 34: La sombra de la matriarca

Esa misma noche, mientras Valeria revisaba los flujos de capitales internacionales en su residencia fortificada, las luces de la casa sufrieron un apagón repentino. Los sistemas de seguridad de última generación se reiniciaron, quedando inactivos durante exactamente treinta segundos.

Valeria reaccionó por instinto: corrió hacia la habitación de su hijo y sacó una pistola semiautomática del doble fondo de la mesilla de noche. Cuando entró en el cuarto del niño, se quedó paralizada.

Sentada en una mecedora junto a la cuna, iluminada solo por la luz de la luna que entraba por el ventanal, se encontraba Leonor Vane. Vestía un abrigo de cachemira negro y sostenía un bastón con empuñadura de plata. Dos de los guardias personales de Valeria yacían inconscientes en el pasillo.

—Baja ese juguete, Valeria. Si hubiera querido hacerle daño al niño, ya estarías viuda de hijo —dijo Leonor con una tranquilidad espeluznante.

Valeria no bajó el arma. Apuntó directamente a la cabeza de la anciana.

—¿Cómo has entrado aquí? Este lugar está blindado.

—Yo financié la empresa que instaló tu sistema de seguridad, mi niña. Te lo dije en Zúrich: el mundo que crees dominar es mío —respondió Leonor, levantándose lentamente—. He venido a hacerte una advertencia. Tu pequeña guerra con Gabriel Reyes está llamando demasiado la atención. El Grupo Vane necesita estabilidad en Europa para ejecutar la transición de activos de la que depende nuestra supervivencia en Wall Street.

—Gabriel es problema mío —replicó Valeria, manteniendo el pulso firme.

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—Gabriel es un peón que se cree rey —sentenció Leonor con desprecio—. Está respaldado por un sector disidente de nuestro propio consejo que quiere derrocarme a mí utilizando su fondo como tapadera. Si tú no lo eliminas del mapa corporativo antes de la junta del próximo mes, lo haré yo a mi manera. Y créeme, mi manera incluye un coche fúnebre para tu querido exasesor. Piénsalo. Una tregua temporal entre nosotras, o la destrucción de todo lo que conoces.

La luz de la casa regresó de golpe, cegando a Valeria por una milésima de segundo. Cuando parpadeó, la mecedora estaba vacía. Leonor Vane se había evaporado como un fantasma en la noche, dejando tras de sí un intenso olor a perfume de sándalo y una amenaza que cambiaría las reglas del juego.

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