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Chapter 31

Capítulo 31: El juego de Gabriel

Valeria deslizó el dedo por la pantalla y aceptó la videollamada. El rostro de Gabriel Reyes apareció en alta definición. Ya no vestía los trajes sencillos de su época como asesor en Madrid; ahora lucía un traje sastre británico de tres piezas y unas gafas de montura fina que acentuaban una mirada fría, madura y desprovista de la antigua calidez que lo caracterizaba. Detrás de él, se apreciaba el skyline financiero de la City de Londres.

—Hola, Valeria —dijo Gabriel, con una voz pausada que denotaba un control absoluto de la situación—. Veo que ya has recibido la notificación de la Bolsa de Nueva York.

Valeria apoyó ambas manos sobre su mesa, sosteniendo la mirada a través de la pantalla.

—Gabriel. Sabía que te habías marchado para no ver en qué me estaba convirtiendo, pero nunca imaginé que te venderías al enemigo para destruirme. ¿Usar las patentes descartadas de mi padre? Eso es caer muy bajo, incluso para ti.

Gabriel soltó una pequeña risa amarga.

—Te equivocas, Valeria. No me he vendido a nadie. Este fondo, Reyes & Associates, es completamente mío. Y no busco destruirte. Busco salvar el legado de tu padre de ti misma. Te has convertido en una tirana corporativa que prefiere acumular poder y dinero en lugar de cambiar el mundo, que era el verdadero propósito del Proyecto Fénix. Has bloqueado la tecnología para que nadie pueda tocarla por pura paranoia.

—Estoy protegiendo a mi hijo —siseó Valeria, con los ojos inyectados en rabia.

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—Estás construyendo una jaula de oro para él, igual que la que tu familia política construyó para ti —replicó Gabriel con dureza—. Mañana a la apertura del mercado, mi fondo liberará de forma gratuita la primera fase de las patentes alternativas. Tu monopolio energético en Europa ha terminado, señora presidenta. Nos vemos en los tribunales o en la junta. Tú eliges.

La pantalla se apagó. Valeria se quedó mirando el reflejo de su propio rostro en el cristal negro del teléfono. Por primera vez en un año, sintió el frío sudor del miedo. Su contrincante ya no era un aficionado como su exmarido ni un ambicioso como Mendoza; era el hombre que conocía cada uno de sus secretos, sus puntos débiles y sus estrategias.

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