Chapter 40

Capítulo 40: El cielo de Manhattan

Una semana después, el cielo sobre Manhattan estaba cubierto por un manto de nubes grises que amenazaban tormenta. En el último piso del rascacielos del Grupo Vane, en Wall Street, el silencio en la sala del consejo era absoluto. Una mesa circular de mármol negro esperaba a los tres lados de la moneda.
Leonor Vane presidía el centro, con su habitual arrogancia, pero con un semblante visiblemente demacrado tras el colapso repentino de sus filiales bancarias en Europa por la jugada de Alejandro De la Vega.
A la izquierda de la mesa, la puerta lateral se abrió y entró una mujer de unos cincuenta y cinco años, de una belleza aristocrática idéntica a la de Valeria, vestida con un traje sastre de un azul marino impecable. Era Victoria Vane... la madre biológica de Valeria, a la que todos creían muerta. Llevaba consigo los documentos de la OPA hostil respaldada por los disidentes de Londres.
—Llegas tarde a tu propio funeral, Leonor —dijo Victoria con una voz que era el vivo espejo de la de Valeria—. Tengo el cincuenta por ciento de los votos del consejo. Estás fuera.
Leonor soltó una carcajada gélida.
—¿Crees que has ganado, Victoria? Tus cuentas en Suiza acaban de ser intervenidas por el FBI por fraude fiscal gracias a una filtración anónima desde España. Ninguna de las dos tiene los votos suficientes para controlar la matriz.
En ese momento, las grandes puertas principales de la sala se abrieron de par en par. Valeria entró con paso firme, vistiendo un abrigo largo de un blanco deslumbrante, sosteniendo a su hijo en un portabebés con su mano izquierda, mientras Gabriel Reyes caminaba a su derecha, portando el maletín de seguridad con los discos duros de Palencia.
Las dos ancianas se giraron al mismo tiempo, clavando sus miradas en la joven presidenta de Madrid.
Valeria se detuvo en el extremo libre de la mesa triangular, mirándolas a ambas con un desprecio absoluto y una superioridad que hizo que la sala contuviera el aliento. Colocó el maletín sobre el mármol negro y lo abrió con un golpe seco.
—Os equivocáis las dos —declaró la voz de Valeria, resonando como un trueno en el rascacielos—. Ninguna de las dos controla este grupo. Con el colapso de los bancos de Leonor en Europa y la intervención federal de los fondos de Victoria en Suiza, el fideicomiso irrevocable de mi padre se ha activado automáticamente como el único acreedor preferente de la deuda consolidada del Grupo Vane. A partir de este preciso instante, el noventa por ciento de los activos globales de esta organización me pertenecen.
Victoria Vane dio un paso al frente, con los ojos abiertos por la sorpresa y la codicia.
—¿Valeria...? Hija mía... lo hice por ti, para liberarte de Leonor...
—No me llames hija —la cortó Valeria con una frialdad que heló la estancia—. Para mí, estás tan muerta hoy como lo has estado los últimos veinte años. No habéis sido más que dos monstruos codiciosos jugando con la vida de mi padre y la mía. Pero el juego se ha acabado.
Valeria miró a Gabriel, quien asintió y conectó la tableta al sistema de pantallas de la sala, iniciando la transferencia definitiva de los activos globales hacia la nueva empresa limpia de Madrid. El imperio de los Vane estaba siendo desmantelado en tiempo real delante de sus creadoras.

De repente, las alarmas de incendios del rascacielos comenzaron a sonar en todo el edificio. Las luces rojas de emergencia tiñeron la sala de un tono sangriento. Las pantallas de la mesa de juntas se apagaron, mostrando un solo mensaje en letras mayúsculas que parpadeaba sin cesar:
"CÓDIGO OMEGA ACTIVADO. LA DESTRUCCIÓN MUTUA ASEGURADA HA SIDO INICIADA POR UN USUARIO EXTERNO desde GINEBRA. DIEZ MINUTOS PARA EL BORRADO TOTAL DE LOS ACTIVOS FINANCIEROS GLOBALES."
Leonor y Victoria palidecieron, mirando las pantallas con terror. Gabriel se abalanzó sobre su ordenador, tecleando desesperadamente.
—¡Valeria! Alguien desde la filial de Ginebra... alguien que no figuraba en ninguno de nuestros mapas ha activado el protocolo de autodestrucción del sistema informático global del grupo. Si las pantallas llegan a cero, todas las acciones, todos los bancos, todo el dinero del mundo Vane —incluido el nuestro— desaparecerá en un agujero negro digital. El colapso será total.
Valeria miró a su madre, a Leonor, que permanecían paralizadas por el pánico, y luego fijó la vista en su hijo, que comenzaba a llorar por el ruido de las alarmas. El teléfono privado en su bolsillo vibró una última vez. Era un mensaje de texto de un número cifrado en Suiza:
"Bienvenida al tercer nivel, señora presidenta. El dinero nunca fue el objetivo. El objetivo era ver si estabas dispuesta a destruir el mundo entero con tal de quedarte con la corona. El temporizador ha comenzado."
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Valeria miró a Gabriel, quien la observaba esperando una orden, con el dedo suspendido sobre la tecla de escape que podría abortar la operación sacrificando todo su imperio para salvar la economía global, o dejarlo correr para quedarse con las cenizas del mundo corporativo.
Una sonrisa enigmática, indomable y cargada de una resolución final se dibujó en los labios de Valeria mientras extendía la mano hacia el teclado, sabiendo que la decisión que estaba a punto de tomar cambiaría el destino de la humanidad para siempre.