Chapter 1

Parte 1
La bofetada cayó en la cocina antes de que se secara el arroz de la boda.
En la mañana del 2º día de casados, Camila Rivas le pidió a su cuñada que lavara el plato donde acababa de desayunar chilaquiles, y Rodrigo Santillán le cruzó la cara con tanta fuerza que el anillo de matrimonio le raspó el labio.
Por un segundo, en aquella casa enorme de Valle de Bravo, solo se escuchó el zumbido del refrigerador y el agua hirviendo para el café.
Valeria, la hermana menor de Rodrigo, se quedó recargada junto a la isla de granito, con las uñas rojas intactas y una sonrisa de triunfo.
—¿Cómo te atreves a mandar a mi hermana? —gritó Rodrigo, todavía con la mano levantada—. Ella es una Santillán. Tú eres mi esposa. Aprende cuál es tu lugar.
Camila no se movió. Tenía el vestido sencillo de lino que se había puesto para desayunar con la familia, el cabello recogido y una marca roja creciendo en la mejilla. La noche anterior, todos habían brindado por ella con tequila caro, llamándola “la nueva hija de la casa”. Ahora la miraban como si fuera una sirvienta recién llegada.
Doña Elvira, su suegra, dejó la taza sobre el mantel bordado.
—Rodrigo tiene carácter, mija. No lo provoques desde tan temprano.
Don Arturo, el padre, dobló el periódico financiero con fastidio.
—En esta familia no nos gusta el escándalo.
Valeria tomó su café, dio un sorbo lento y luego inclinó la taza hasta derramar el líquido sobre el piso claro.
—Ya que quieres repartir tareas, empieza por limpiar eso.
Camila llevó 2 dedos a su labio. Sintió el sabor metálico de la sangre, pero no lloró. Sus ojos subieron, apenas un instante, hacia la cámara pequeña instalada sobre la alacena.
Doña Elvira también miró hacia arriba y soltó una risa seca.
—No te emociones. Esas cámaras son de la casa.
Camila bajó la mirada hacia ella.
—No. No son de ustedes.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Qué dijiste?
Camila se quitó lentamente el anillo de matrimonio y lo puso sobre la encimera mojada.
—Que hoy entendí todo.
Valeria soltó una carcajada.
—Ay, por favor. Te casaste con mi hermano hace 48 horas y ya quieres hacerte la importante.
Rodrigo se acercó y le apretó la muñeca.
—Vas a pedirle perdón a mi hermana. Después vas a trapear. Y luego vas a llamar a tu oficina para decir que no vuelves en 1 mes. Aquí no necesitamos mujeres creídas que abandonan su hogar por jugar a ser ejecutivas.
Camila respiró hondo. Rodrigo le había pedido eso desde antes de la boda: apagar el celular, dejar pendientes, desconectarse de “esa vida fría de juntas y vuelos”. Según él, la familia Santillán era tradicional, cariñosa, un poco intensa. Camila aceptó pasar la luna de miel en la finca familiar porque necesitaba verlos sin invitados, sin música, sin fotógrafos.
Y esa mañana los vio completos.
—Suéltame —dijo ella.
—No me des órdenes.
—Suéltame, Rodrigo.
La voz no fue alta, pero algo en ella hizo que Lupita, la empleada que estaba junto al fregadero, levantara la cabeza con miedo.
Rodrigo soltó la muñeca, no por obedecerla, sino porque creyó que ya la había humillado suficiente.
—Lupita —ordenó Doña Elvira—, tráele a la señora un trapeador. A ver si así se le baja lo fina.
Camila tomó su teléfono de la mesa. Tenía 17 mensajes de felicitación sin leer y 1 contacto fijado arriba de todos: Patricia Ocampo.
Escribió solo una línea:
Activar protocolo matrimonial. Resguardar cámaras. Suspender transferencias discrecionales vinculadas a Grupo Santillán y propiedades operadas por la familia.
La respuesta llegó en menos de 1 minuto.
Confirmado, señora Rivas. Jurídico, banco y seguridad van en camino.
Rodrigo creyó que Camila era una consultora con buen sueldo que había tenido suerte de entrar a una familia de abolengo. Doña Elvira pensaba que la finca, los restaurantes en Polanco, la terraza de San Miguel de Allende y la vida de choferes pertenecían a los Santillán por derecho de apellido. Valeria la miraba como una intrusa que debía agradecer cada silla donde la dejaran sentarse.
Nadie se había tomado la molestia de leer el nombre completo de la firma que, desde hacía 2 años, mantenía vivo el imperio familiar.
Rivas Horizonte Capital.
La empresa de Camila.
Cuando afuera se escuchó el primer portón eléctrico abrirse, Don Arturo se puso de pie de golpe. Rodrigo miró por la ventana y su rostro cambió.
En la entrada avanzaban 2 camionetas negras y una patrulla municipal.
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Camila levantó el anillo mojado de la encimera, lo dejó caer dentro de una copa vacía y dijo:
—Ahora sí, familia. Vamos a lavar lo que ensuciaron.