Chapter 20

Capítulo 20: El cabo suelto (Final abierto)
La tormenta invernal golpeaba con furia los gruesos muros de piedra de la casa de Galicia. Afuera, el mar Atlántico rugía con olas de más de seis metros que se estrellaban violentamente contra los acantilados de granito.
Camila se encontraba en la cocina, un espacio moderno integrado con acabados de madera oscura y acero inoxidable. El zumbido constante y casi imperceptible del refrigerador era el único sonido doméstico que competía con el silbido del viento que se colaba por las rendijas de las ventanas. Preparaba una taza de té de manzanilla para calmar el frío de la noche.
Sobre la encimera de granito, su teléfono celular —que ahora operaba con una tarjeta SIM local española y cuyo número solo conocían Patricia Ocampo y Lupita— vibró suavemente.
Camila frunció el ceño al notar que se trataba de una alerta de su aplicación de banca internacional de alta seguridad.

Al abrir la notificación, el corazón le dio un vuelco violento. Se trataba de una transferencia bancaria electrónica por el valor simbólico de un dólar estadounidense, originada desde una cuenta bancaria privada no identificada en Zúrich, Suiza.
El concepto de la transferencia, escrito en español, decía:
"El arroz de la boda por fin se secó. Prepárate para el postre, mi amor."
El aire pareció escaparse de los pulmones de Camila. Las manos le temblaron con tanta fuerza que casi deja caer la taza de té. Esa frase exacta... ese código macabro solo era conocido por tres personas en el planeta: ella, el redactor del expediente confidencial de nulidad matrimonial... y Rodrigo Santillán.
Con los dedos helados por el pánico, Camila marcó de inmediato el número de seguridad de Patricia en México, ignorando la diferencia de horario. La llamada tardó una eternidad en conectar debido a la interferencia causada por la tormenta exterior.
—¿Patricia? —la voz de Camila era un hilo de tensión pura—. Patricia, contesta por favor. —¿Camila? ¿Qué pasa? Son las tres de la mañana aquí... —la voz de la abogada sonaba adormilada, pero se espabiló de inmediato al escuchar el tono de su amiga—. ¿Estás bien? —Rodrigo... Necesito que hables con el director del penal ahora mismo. Acabo de recibir una señal. Él sabe dónde estoy. Él envió un mensaje. Se produjo un silencio pesado y lleno de estática en la línea. Cuando Patricia volvió a hablar, su voz estaba completamente alterada, desprovista de cualquier profesionalismo: —Camila... de hecho... te iba a llamar en unas horas. Hubo un motín masivo en el Reclusorio Norte esta madrugada. Hubo explosiones provocadas y un corte de energía en todo el sector de máxima seguridad. Tres reos de alto perfil lograron escapar utilizando uniformes del personal de custodia. Uno de ellos... Camila, uno de ellos es Rodrigo. Los servicios de inteligencia creen que salió del país con un pasaporte falso que su madre le había preparado antes de ser detenida.
En ese preciso instante, la luz de la casa de piedra en Galicia parpadeó dos veces con un chasquido eléctrico y se apagó por completo, sumiendo a Camila en la más absoluta, densa y fría oscuridad.
El único punto de luz en toda la cocina era el reflejo azulado de la pantalla de su teléfono móvil.
De pronto, por encima del rugido de la tormenta exterior, se escuchó un sonido seco dentro de la casa. El crujido metálico de una llave girando lentamente en el cerrojo de la puerta principal de madera pesada.
Click. Click.
Camila contuvo el aliento, sintiendo cómo el frío le subía por la espina dorsal. Dejó caer el teléfono sobre la encimera y, guiada por el instinto de supervivencia, estiró la mano a oscuras hacia el bloque de madera de los cuchillos junto al fregadero, sujetando firmemente el mango metálico de uno de ellos.
En el pasillo que conectaba la entrada principal con la cocina, el sonido de unos pasos lentos, firmes y mojados comenzó a avanzar sobre la madera de roble.
Una silueta alta y ancha se recortó en el umbral de la cocina, bloqueando la poca luz de la tormenta que entraba por la ventana.
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Camila levantó el cuchillo en la oscuridad, con el corazón golpeándole las costillas como un tambor de guerra, mientras la silueta daba un paso más hacia ella y un susurro familiar rompió el silencio de la habitación:
—¿Me extrañaste, mi vida?