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Chapter 31

Capítulo 31: El rastro en la nieve

Camila Rivas permaneció petrificada frente a la linde del bosque de Lausana. El viento gélido que soplaba desde los picos de los Alpes suizos aullaba entre las ramas de los pinos cargados de nieve, borrando con un manto blanco y constante las huellas de pisadas que se adentraban en la oscuridad de la montaña. En su mano derecha, enguantada, sostenía el anillo de matrimonio de oro doblado y chamuscado que acababa de recoger del suelo. El metal, expuesto al frío extremo, aún conservaba un calor residual y macabro del incendio que devoraba la fábrica de relojes a sus espaldas.

—Camila, tenemos que movernos de inmediato —la voz de Hugo Herrera sonó áspera, apremiante, mientras sostenía el cuerpo casi inconsciente de Valeria Santillán bajo el brazo—. La policía del cantón de Vaud ya fue alertada por los vecinos debido a las detonaciones y al estallido del gas. Estarán aquí en menos de tres minutos. No podemos permitir que nos encuentren en una zona de desastre industrial con un fusil de precisión en el todoterreno y chalecos antibalas puestos.

Camila guardó lentamente el anillo deformado en el bolsillo profundo de su abrigo de lana gris. Miró fijamente la inmensidad del bosque negro. Cada fibra de su instinto le decía que la pesadilla que había comenzado en la cocina de Valle de Bravo seguía respirando.

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—Él está vivo, Hugo. Salió de ese infierno de fuego —susurró Camila, con los labios casi entumecidos por el frío. —Si sobrevivió a la onda expansiva, tiene un impacto de bala de alto calibre en el hombro y quemaduras graves —respondió Hugo, empujándola sin contemplaciones hacia la parte trasera del todoterreno negro—. Sin atención médica inmediata y expuesto a una temperatura de diez grados bajo cero, la montaña se encargará de él antes del amanecer. Sube al coche. Ahora.

El motor del vehículo todoterreno rugió con fuerza, traccionando sobre la nieve y el barro congelado justo cuando las primeras luces estroboscópicas de color azul de las patrullas policiales comenzaban a recortarse contra el cielo tormentoso de Lausana. Mientras el vehículo descendía a toda velocidad por las cerradas curvas de la carretera de montaña, Camila observaba a través del cristal trasero la imponente columna de humo negro que se elevaba hacia la noche suiza, como una gigantesca cicatriz de ceniza que anunciaba al mundo que la tregua definitiva aún estaba muy lejos de alcanzarse.

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