Chapter 12

Capítulo 12: El nido de la víbora

Dos días después, en un rincón sombrío y poco concurrido de una cafetería de especialidad en el barrio de Coyoacán, en la Ciudad de México, Valeria Santillán esperaba sentada en la mesa del fondo. Llevaba un suéter de lana gris demasiado grande, el cabello recogido sin esmero y las uñas, que antes lucían un rojo impecable y costoso, ahora estaban desprovistas de esmalte. La caída del imperio familiar la había obligado a experimentar la realidad del ciudadano común.
Camila se sentó frente a ella sin saludar. Valeria levantó la mirada, cargada de una mezcla de resentimiento y cansancio profundo.
—¿Qué quieres de mí, Camila? —preguntó Valeria, arrastrando las palabras, sin tocar el vaso de agua que el mesero acababa de dejar—. Ya no tengo nada. Trabajo diez horas al día contestando teléfonos en una aseguradora donde mis compañeras murmuran cada vez que paso. ¿Vienes a burlarte? ¿A ver cómo luce tu obra de arte? —Tu madre me llamó, Valeria. Sabe dónde vivo en Nayarit. Sabe a qué hora me levanto, qué desayuno y con quién hablo —dijo Camila, manteniendo una mirada gélida y analítica—. Tiene a alguien vigilándome. Valeria soltó una risa amarga, pero Camila, que conocía bien los gestos de su cuñada, notó cómo sus hombros se tensaban de inmediato. Había miedo real en sus ojos. —Mi madre no te va a perdonar nunca que hayas arrastrado el apellido Santillán por el lodo —dijo Valeria, bajando la voz—. Pero te equivocas en algo, Camila. Mi madre no tiene la inteligencia ni los recursos para organizar una red de espionaje en otro estado. Ella apenas entiende cómo funciona la banca móvil. Está desesperada, sí, pero está sola. —¿Segura de que está sola? —Camila se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre ambas—. Sé que tu padre tenía cuentas que yo no toqué por estrategia legal. Sé que hay un tercer jugador. Dime quién es, Valeria, y te garantizo que la fiscalía no reabrirá la carpeta de investigación en tu contra por el uso de las tarjetas corporativas.
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Valeria tragó saliva. Miró hacia la ventana de la cafetería, temerosa de que alguien las estuviera observando desde la calle.
—Hay un hombre... —susurró Valeria, con la voz temblorosa—. Un socio que mi padre siempre mantuvo fuera de las actas de asamblea. Alguien a quien mi padre le debía favores muy oscuros de la época en que construyeron los restaurantes de Polanco. Es el único que tiene el poder para mover hilos sin que tu famosa firma Rivas Horizonte lo note. —Dame el nombre, Valeria. —Mauricio de la Vega —dijo finalmente, casi sin aire—. Pero si él descubre que te lo dije, estar en la cárcel va a ser el menor de mis problemas.