Chapter 30

Capítulo 30: El último suspiro del invierno (Final abierto)
Camila retrocedió lentamente, arrastrando a Valeria hacia la salida de emergencia de la fábrica. El olor a gas era ya insoportable en el ambiente cerrado. Sabía que cualquier chispa provocaría una explosión catastrófica.
—Rodrigo, mírame —dijo Camila, tratando de desviar su atención de Valeria—. No tienes que hacer esto. Tu madre está viva, tu padre también. Si me matas aquí, no te quedará nada. Solo serás un prófugo el resto de tus días. —¡Ya no me importa nada de eso! —gritó Rodrigo, dando pasos erráticos pero veloces hacia ella—. ¡Me quitaste mi vida, mi orgullo, todo! ¡Si yo no puedo tener Rivas Horizonte, tú tampoco tendrás tu preciosa libertad!
Rodrigo levantó la barra de hierro para asestar el golpe definitivo.
¡PUM!
El sonido de un disparo de precisión de alta potencia resonó desde el exterior de la fábrica, atravesando uno de los ventanales rotos. La bala de Hugo impactó directamente en el hombro de Rodrigo, haciéndolo caer de rodillas sobre la nieve acumulada del suelo de la fábrica.
Sin embargo, al caer, la barra de hierro de Rodrigo golpeó violentamente una de las cajas de fusibles eléctricos oxidados que colgaban de la columna de concreto.
Un arco de chispas azules y doradas saltó directamente hacia la corriente de gas que inundaba la habitación.
Camila no lo pensó dos veces. Empujó a Valeria por la rampa de la salida de emergencia y se arrojó tras ella justo cuando una bola de fuego gigantesca y un estallido ensorcedor envolvieron todo el segundo piso de la antigua fábrica de relojes.
La onda expansiva las arrojó con fuerza sobre el banco de nieve del exterior. Camila sintió el calor abrasador en su espalda antes de caer de cara en el frío extremo. El dolor físico fue inmediato, seguido de una densa columna de humo negro que comenzó a elevarse hacia el cielo estrellado de Lausana.
Minutos después, Hugo llegó corriendo al lugar, ayudando a Camila y a Valeria a levantarse. Las sirenas de los bomberos y de la policía suiza ya se escuchaban a lo lejos, aproximándose por la carretera nevada.
—¿Están bien? —preguntó Hugo, con el rostro pálido por la tensión. —Valeria necesita un hospital —dijo Camila, con la voz rota, mirando el infierno en llamas en el que se había convertido la fábrica—. ¿Y Rodrigo? ¿Estaba adentro cuando explotó? Hugo miró el fuego destructor y luego las huellas en la nieve. —La explosión destruyó toda la estructura interna, Camila. Nadie podría haber sobrevivido a esa temperatura en el centro del salón.
Camila miró hacia el bosque oscuro que rodeaba la fábrica. La nieve caía con suavidad, cubriendo todo con un manto blanco y puro.

De repente, sus ojos se fijaron en un detalle que le heló la sangre más que el frío de Lausana.
A unos cincuenta metros de la salida de emergencia, semienterrado en la nieve fresca, había un rastro de pisadas profundas y erráticas que se internaban directamente en la espesura del bosque alpino. Junto a la primera huella, había una pequeña mancha de sangre fresca y roja que la nieve aún no lograba cubrir por completo.
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Y a un lado del rastro, brillando bajo la luz de la luna suiza, reposaba un anillo de matrimonio de oro doblado y chamuscado por el fuego.
Camila dio un paso hacia el bosque, sintiendo el viento helado en su rostro herido, mientras la sirenas policiales inundaban el valle de Lausana con sus luces rojas y azules, sin saber si lo que le esperaba entre los árboles era el final de su pesadilla... o el inicio de una persecución eterna.