Chapter 50

Capítulo 50: El cabo suelto del Atlántico

Un mes después de los acontecimientos de Mérida, el sol de la península de Yucatán brillaba con toda su intensidad sobre las oficinas restauradas de Rivas Horizonte Capital. Las investigaciones de la Fiscalía General habían desmantelado por completo la red de lavado de dinero de Mauricio de la Vega y del exsenador Ignacio Peralta, asegurando que ninguno de los dos volviera a ver la luz del sol en libertad por el resto de sus vidas. Doña Elvira enfrentaba una condena de treinta años en una prisión federal de máxima seguridad, y Valeria Santillán comenzaba a adaptarse a su nueva vida bajo una identidad protegida en las frías tierras de Canadá, lejos del estigma de su apellido.
Lupita, completamente recuperada del trauma físico y emocional, asumía de manera interina la presidencia del consejo de administración en México, apoyada de cerca por el equipo legal de Patricia.
Camila, sintiendo que su ciclo en el mundo financiero mexicano se había cerrado de manera definitiva tras la caída de sus enemigos, decidió tomar un retiro indefinido. No regresó a la costa de Nayarit, ni a las rías húmedas de Galicia. Compró un velero de diseño clásico en los astilleros de Lisboa y se internó sola en las aguas profundas del océano Atlántico, buscando el silencio que solo el horizonte marino puede otorgar.
Una tarde de viento constante y sol brillante, mientras navegaba a unas diez millas de la costa de las Islas Azores, Camila se encontraba en la cabina del timón disfrutando de la inmensidad azul. Su teléfono satelital, el único lazo de comunicación que mantenía activo para emergencias con Patricia, vibró sobre la mesa de mapas.
Al abrir la pantalla, una oleada de frío que no pertenecía al viento del Atlántico le recorrió el cuerpo de inmediato.
No era un mensaje de texto. Era una fotografía digital de alta resolución.
La imagen mostraba su propio velero, capturado desde una distancia media con un potente lente telescópico, navegando bajo el cielo despejado de las Azores en ese mismo instante. En la esquina inferior de la fotografía, apoyada sobre lo que parecía ser la borda de otra embarcación que navegaba en paralelo, se apreciaba una pequeña caja de madera idéntica a la que había recibido en la terraza de Nayarit, junto a una taza de café derramada y la mitad de una máscara de polímero negro parcialmente quemada por el fuego.
Un segundo mensaje llegó a la pantalla justo después de la imagen:
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"La madera de este velero también es sumamente fácil de quemar, mi amor. Nos vemos en el próximo puerto."
Camila levantó la vista de la pantalla y clavó sus ojos en la inmensidad del horizonte atlántico, buscando entre las olas la silueta de la embarcación que la seguía, dándose cuenta de que en su vida el silencio nunca volvería a significar paz, sino el preludio de una cacería que no conocería fin.