Chapter 41

Capítulo 41: La caída del abismo

El detonador en la mano de Rodrigo Santillán parpadeaba con un ritmo constante, casi arrullador, proyectando un haz de luz carmesí sobre las hojas anchas de los helechos y las palmeras que custodiaban el cenote. Camila sentía el aire húmedo de la selva maya pegándose a su piel. Detrás de sus talones, a escasos centímetros, se abría el abismo de piedra caliza del cenote. El agua, que en la tarde parecía un santuario de paz de color turquesa, ahora se mostraba como un foso negro e insondable, listo para devorar cualquier secreto que cayera en su interior.
—¿De verdad creíste que el fuego de Suiza sería suficiente para borrar lo que me hiciste, Camila? —el susurro de Rodrigo era rasposo, deformado por las secuelas del humo y el calor de Lausana que le habían dañado irreparablemente las cuerdas vocales. El sonido era tétrico, desprovisto de cualquier rastro del hombre refinado con el que alguna vez había compartido el altar—. Me quitaste mi nombre, mi dinero, mi madre... Me obligaste a usar esta maldita máscara para no asustar a los pocos que aún me sirven.
Camila mantuvo la columna recta. El miedo estaba ahí, golpeándole las costillas, pero se negó a dejar que se reflejara en sus ojos. Detrás de su espalda, con movimientos milimétricos y calculados, intentaba pulsar el botón de emergencia de su reloj inteligente, buscando desesperadamente que la señal de GPS llegara al centro de mando de Patricia.
—Tú destruiste tu vida, Rodrigo. Nadie más lo hizo —respondió Camila, sosteniendo su tono con una frialdad corporativa que enfureció aún más a su captor—. Lo hiciste el día que decidiste que tu apellido Santillán te daba inmunidad para golpear a tu esposa, robar a tus socios y pisotear a cualquiera que consideraras inferior. Yo solo fui el espejo que te mostró la realidad de tu propia decadencia.
—¡Mientes! —rugió él, dando un paso violento al frente. El movimiento reveló que cojeaba de la pierna derecha, una secuela física de la explosión que los médicos de su primo no habían podido corregir—. Mi familia era perfecta hasta que entraste en nuestra cocina de Valle de Bravo. Pero hoy, el imperio de Rivas Horizonte se apaga conmigo.
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Rodrigo apretó con fuerza el botón del detonador digital. Camila cerró los ojos esperando el impacto de una explosión en las instalaciones del corporativo, pero en su lugar, un agudo zumbido electromagnético vibró en el aire, haciendo que los tímpanos les dolieran. Las luces de los jardines y las torres de oficinas a lo lejos parpadearon dos veces antes de apagarse por completo. Un ataque de pulso electromagnético (EMP) local de alta tecnología, financiado con los últimos fondos de la cuenta suiza, había inhabilitado toda la red de seguridad del complejo.
En la fracción de segundo en que Rodrigo miró hacia las oficinas para confirmar el apagón, Camila no dudó. Dejó caer su cuerpo hacia atrás, arrojándose al vacío del cenote. El agua helada la recibió con un impacto sordo que le sacó el aire de los pulmones, envolviéndola en una penumbra líquida mientras el eco de los disparos de Rodrigo comenzaba a golpear la superficie del agua, rompiendo la quietud de la noche de Mérida.