Chapter 32

Capítulo 32: El precio de la traición

Hugo condujo durante cuarenta minutos bajo una tormenta de nieve que dificultaba la visibilidad hasta llegar a una clínica médica privada en los suburbios residenciales de Ginebra. Era un centro discreto, de esos que atendían a diplomáticos y empresarios de alto perfil que requerían absoluta confidencialidad y cuyos médicos no hacían preguntas incómodas a cambio de transferencias directas en francos suizos, una transacción que Rivas Horizonte Capital podía cubrir sin parpadear.
Valeria fue ingresada de urgencia por un cuadro severo de hipotermia, deshidratación y múltiples contusiones en el rostro y los brazos. Camila se sentó en un sillón de piel de la sala de espera privada, manteniendo la mirada fija en las pulcras baldosas blancas del suelo. Su ropa todavía desprendía un penetrante olor a humo, pólvora y gasolina.
Alrededor de las tres de la mañana, el teléfono satelital que llevaba en el bolso vibró. Era una llamada encriptada de Patricia Ocampo desde la Ciudad de México.
—Camila, gracias a Dios que estás a salvo —la voz de la abogada sonaba rota por el cansancio acumulado de las últimas veinticuatro horas—. Acabo de recibir el reporte preliminar de la policía de Lausana a través de nuestros contactos locales. El incendio de la fábrica ha sido catalogado de manera oficial como un accidente industrial provocado por una fuga de gas metano. Encontraron un cuerpo completamente calcinado en el centro del salón principal. Creen que pertenece a Mateo Santillán debido a una placa de identificación militar de acero que llevaba en el cuello. —¿Y Rodrigo?
—preguntó Camila, sintiendo cómo el estómago se le contraía dolorosamente—. ¿No encontraron un segundo cuerpo? —No. Ninguno —hubo un silencio denso al otro lado de la línea, interrumpido solo por la estática de la señal satelital—. Pero hay algo mucho peor que debo decirte. Los ingenieros de seguridad informática de Rivas Horizonte acaban de detectar una anomalía crítica en nuestros servidores centrales en México.
May you like
Justo tres minutos antes de que la fábrica de Lausana estallara en llamas, alguien accedió al servidor central utilizando tus propias credenciales de encriptación y tus datos de acceso biométrico para el archivo Génesis. Camila se puso de pie de golpe, el agotamiento físico desapareciendo instantáneamente de su cuerpo, reemplazado por una oleada de adrenalina pura. —¿De qué estás hablando, Patricia? Yo no he tocado un ordenador en todo el día. El disco duro de Galicia estaba en esa fábrica. —Lo sabemos, Camila. No fuiste tú —dijo Patricia con voz temblorosa—.
Alguien clonó tus datos biométricos, específicamente el escaneo de retina y las huellas dactilares de alta definición que te tomaste en la sección consular cuando tramitaste tu última visa de negocios europea hace un mes. Esta conspiración va mucho más allá de la locura de los Santillán. Alguien con acceso al sistema de seguridad nacional del gobierno mexicano les entregó tus datos más privados.