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Chapter 37

Capítulo 37: El pacto de Berna

El político de alto nivel, al verse acorralado y sabiendo que un escándalo de tal magnitud en territorio europeo significaría su inmediata detención y la confiscación de todas sus cuentas bancarias en el extranjero, respiró hondo y ordenó discretamente a sus escoltas que dieran unos pasos atrás.

—¿Qué es lo que quieres, Camila? —preguntó Peralta con una voz ronca y cargada de un resentimiento profundo—. Dime cuál es tu precio para enterrar esa grabación de Valeria y los documentos de Panamá. —Quiero que utilices tu tableta diplomática ahora mismo para revocar el acceso biométrico duplicado en el servidor central de México —ordenó Camila con frialdad—. Y quiero que firmes esta declaración jurada digital que mi abogada te ha enviado a tu correo personal, donde admites tu relación financiera ilícita con Mendoza & Asociados. A cambio, te daré exactamente veinticuatro horas para presentar tu renuncia irrevocable al Senado por "motivos de salud" y desaparecer del ojo público antes de que la orden de aprehensión de la FGR sea liberada.

Peralta miró a su alrededor. El gran salón del Bellevue Palace seguía lleno de fotógrafos, embajadores y música suave, pero para él, las paredes del hotel comenzaban a cerrarse como una prisión de alta seguridad. Con manos temblorosas, sacó su tableta de trabajo con sello del Senado de la República y procedió a realizar las anulaciones del sistema y a firmar los documentos digitales correspondientes.

—Ya está hecho —dijo Peralta, entregándole la pantalla de confirmación a Camila con los ojos inyectados de rabia—. Pero déjame decirte algo, Camila. Rodrigo Santillán ya no es el hombre de negocios consentido que conociste. La explosión de Lausana y la caída de su familia lo han transformado en un monstruo desprovisto de razón. Aunque yo caiga, él no se detendrá hasta que tú y él estén bajo tierra.

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Camila tomó la tableta, verificó que las claves de encriptación del archivo Génesis estuvieran nuevamente bloqueadas y blindadas, y miró al político por última vez.

—Que lo intente. Yo ya no le tengo miedo a su oscuridad.

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