Chapter 40

Capítulo 40: El susurro del cenote (Final abierto)
La tarde caía con suavidad sobre la ciudad de Mérida, tiñendo el cielo de la península de intensos tonos púrpuras, naranjas y dorados. Camila decidió tomar un descanso de las pantallas y dar una caminata solitaria por los senderos empedrados privados del corporativo, los cuales serpenteaban a través de una densa vegetación tropical hasta conectar directamente con un cenote natural de aguas cristalinas, oscuras y profundas, protegido por altos muros de piedra caliza y lianas milenarias.
El silencio de la selva maya era sobrecogedor y pacífico, interrumpido únicamente por el murmullo constante del viento entre las hojas de los árboles y el goteo rítmico del agua sobre la superficie del cenote.
Camila se sentó en un banco de piedra al borde del abismo natural, contemplando el reflejo del agua que parecía un espejo oscuro de su propia alma.
De pronto, un escalofrío helado recorrió toda su espina dorsal, un instinto animal que la alertó de inmediato.
El canto de los pájaros y el zumbido de los insectos de la selva se detuvieron en seco, sumiendo el entorno en un silencio absoluto, pesado y cargado de una vibración peligrosa. Detrás de ella, entre la maleza húmeda que bordeaba el sendero de palmeras, se escuchó el crujido lento y deliberado de unas ramas secas al ser pisadas.

Camila se puso de pie con lentitud, girándose hacia la penumbra de la vegetación. Su mano derecha se dirigió de inmediato hacia la pantalla de su reloj inteligente para activar el botón de pánico conectado con la seguridad del corporativo, pero antes de que sus dedos pudieran tocar el cristal, una voz ronca, áspera y distorsionada por las profundas cicatrices de las quemaduras susurró desde la sombra de los árboles:
—Un cenote es un lugar sumamente profundo, Camila... perfecto para lavar de una vez por todas las manchas de sangre que la cocina de Valle de Bravo no pudo limpiar.
De entre la densa vegetación del sendero emergió una figura alta, vestida por completo con un abrigo negro descolorido. La mitad derecha de su rostro estaba cubierta por una pulcra y rígida máscara de polímero negro diseñada para ocultar las horribles cicatrices causadas por el incendio de Lausana, pero su ojo izquierdo, de un brillo desquiciado y lleno de una obsesión homicida incontrolable, la miraba con una fijeza que le heló la sangre. En su mano izquierda, intacta y libre de cicatrices, sostenía un pequeño dispositivo detonador digital con una luz roja que parpadeaba con un ritmo constante.
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Rodrigo Santillán había vuelto del infierno para reclamar su última danza.
Camila dio un paso atrás, quedando al borde mismo de la caída hacia las oscuras aguas del cenote, mientras la silueta enmascarada levantaba el detonador y daba un paso decisivo hacia ella, con una sonrisa que se adivinaba detrás de la máscara de polímero negro bajo la última luz del atardecer.