Chapter 11

Capítulo 11: La sombra en el espejo

La brisa salada de Nayarit, que hasta hace unos minutos acariciaba el rostro de Camila con la promesa de una vida nueva, de pronto se sintió helada, casi hostil. Se quedó inmóvil en medio de la terraza. A sus pies, el charco de café comenzaba a expandirse lentamente sobre la madera clara, filtrándose por las rendijas. Era una réplica exacta, casi poética y macabra, de la humillación que Valeria había provocado en la cocina de Valle de Bravo.
Llevó dos dedos a su labio inferior por puro reflejo. La herida física del anillo de Rodrigo había sanado hacía meses, pero el fantasma de ese golpe seguía ahí, latente.
Con la mano ligeramente trémula, desbloqueó su teléfono y marcó el número directo de Patricia Ocampo. La llamada tardó tres tonos en conectar.
—Patricia. Alguien estuvo aquí. O está aquí ahora mismo —la voz de Camila era un susurro firme, modulado para no quebrarse. —¿De qué estás hablando, Camila? —la voz de la abogada sonó de inmediato alerta, acompañada por el eco rápido de sus dedos golpeando el teclado en su oficina de la Ciudad de México—. Rodrigo está recluido en el ala de máxima seguridad del Reclusorio Norte. Su padre, Arturo, está esperando sentencia en el mismo complejo. No hay forma humana de que alguno de ellos esté cerca de ti. —No fue la voz de Rodrigo —explicó Camila, caminando lentamente hacia el interior de la casa, asegurándose de cerrar y asegurar el ventanal de vidrio templado—. Era una mujer. Pero no tenía la inmadurez chillona de Valeria. Era una voz pausada, fría, arrastrada... Alguien que sabe exactamente el daño que causa con cada sílaba.
Al otro lado de la línea, el tecleo de Patricia se detuvo en seco. Se hizo un silencio denso.
—Doña Elvira —susurró la abogada con un hilo de voz—. Es la única de los Santillán que no logramos procesar de inmediato por falta de pruebas directas de su participación en los desvíos. Pensamos que estaba acabada, viviendo en algún departamento de bajo perfil en el Estado de México tras haber vendido sus propiedades. Pero el orgullo de esa mujer es una patología. Escúchame bien, Camila: voy a enviar al equipo de seguridad privada que tenemos contratado en Guadalajara. Llegarán en una hora. Sal de la casa ahora mismo.
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Camila miró hacia la colina boscosa que se alzaba frente a su propiedad. El sol de la mañana comenzaba a disipar la bruma, pero no había rastro de la silueta que la vigilaba. Tomó aire, llenando sus pulmones de valor.
—No voy a huir de mi propia casa, Patricia. No otra vez. Si Elvira cree que puede asustarme con llamadas y binoculares, es porque ya no le quedan armas reales. Prepárame un informe detallado de los movimientos financieros de mi suegra en los últimos tres meses. Si está financiando esto, el dinero tiene que estar saliendo de alguna parte.